Vitaly Juro

Un tipo alto, de rasgos angulosos pero bonitos, de gesto neutro y mirada atenta pero indescifrable.

Description:

De altura pasada el metro setenta, tiene una constitución atlética pero no posee una gran musculatura. De porte regio que contrasta con una mirada que no transluce prepotencia ni altanería pero que sin embargo no deja atisbar las verdaderas intenciones. Únicamente se podría decir de ella que es una mirada viva y camaleónica puesto que puede infundir la mayor confianza o ser un pozo de oscuridad según convenga en el momento.

Siempre bien ataviado y aseado, cuida tanto su estética como su habilidad con el arma. Un señor no solo ha de serlo, sino también parecerlo.

Bio:

Primos de príncipes, consejeros de reyes, hermanos de duques y señores de todas las tierras que la vista alcanza y mucho más allá. Esta es la historia de mi familia. Pero esta historia es de hace ya muchos años y las piedras que sustentan esta torre han visto ya muchas primaveras desde entonces. Una historia que se ha ido erosionando como las piedras desgastadas por los mares que antaño se alzaban majestuosas en los acantilados y ahora solo son pequeños peñascos llenos de algas. Lo que antes fue grande e imponente hoy es decadente y exiguo. Una historia triste, si, pero nuestra historia al fin y al cabo. Los reinos cambian, las casas se alzan y caen con las batallas, las guerras y las conspiraciones. Lo difícil no es llegar, sino mantenerse.

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Tú quizás no entiendas de lo que te estoy hablando pues eres un plebeyo y tu condición siempre ha sido la misma que la de tus padres, y los padres de tus padres y así sucesivamente hasta tiempos inmemoriales. Pero los señores estamos bendecidos por los dioses y el acero y llevamos dichas bendiciones en la sangre, traspasadas de padres a hijos como si de una espada se tratase. Pero aun así, también existen las mismas debilidades entre nosotros. Los pecados caminan entre los espíritus de los representantes de tan abolengas casas con mayor arraigo si cabe que entre el pueblo. Y eso hace de nosotros blancos fáciles para las malas elecciones. Traición, debilidad, conformismo e ingenuidad entre otras muchas son las enfermedades que nos castigan día y noche y no por tener más poder o dinero se está libre de ellas sino quizás se es más vulnerable.


No todo son sirvientes y grandes torres con muchas chimeneas y venados en el plato del señor. Las vergüenzas y las inseguridades nos atemorizan y nos llevan a cometer actos que luego no hacen arrepentirse a un individuo sino a toda su estirpe. ¿Por qué hemos de pagar por los pecados de nuestros padres, nuestros abuelos o de aquellos que hace muchos años volvieron a ser uno con la tierra? Porque es la oportunidad que nos dan de nuevo los dioses para restaurar las ofensas de nuestros antepasados. Las ofensas a las bendiciones que nos han sido dadas, las ofensas al escudo de la casa que nos representa, las ofensas a la memoria de aquellos que vivieron y murieron gloriosamente antes que nosotros.

Aunque tiempo atrás la Unión se estableció impidiendo guerras intestinas, estas se han seguido produciendo en los terrenos fronterizos y en el mismo corazón del imperio. Estas últimas no se han librado con caballos y espadas al frente de un ejército sino con acero pequeño, el de las dagas, con venenos que harían avergonzar a las propias serpientes, con intrigas y dinero… nada que permita que tu tumba sea adornada con las cabezas de tus enemigos derrotados en vida. Así que como puedes observar, quizás era más sencilla la vida anteriormente, cuando tu enemigo estaba frente a ti, con otra bandera y mirándote a la cara.

Pero no sirve de nada lamentarse a estas alturas, puesto que las lágrimas no restaurarán el honor y el puesto de las casa caídas ya que para ello, primero han de caer otras en su lugar.

Mi casa apenas puede caer ya más bajo. El desgaste de los años, unido a unas cuantas malas decisiones y unos cuantos malos hombres no merecedores del escudo que llevaban en el pecho han hecho de nosotros lo que somos hoy en día. Poco más que unos señores menores con grandes leyendas en sus libros y pequeñas tierras que dan para poco más que el sustento de sus dueños y aquellos desgraciados que viven para trabajarlas. Antiguas armas que ya sirven únicamente para exposición y grandes armaduras oxidadas adornan los pequeños muros de nuestras salas. Es toda la gloria que nos queda, todo el honor engastado en una maltratada chapa con forma de coraza. Mi padre se pasa las horas mirando al vacío y soñando con lo que una vez fuimos y ya nunca volveremos a ser.

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Aún sigo preguntándome que hago aquí compartiendo contigo lo que pasa por mi cabeza, sin estar borracho o al borde de la muerte. Quizás tu mirada vacua, reflejo de los sesos que te faltan en la cabeza y que hacen de ti tan buen jornalero sea lo que necesitaba para darme cuenta realmente de lo que soy, de lo que pude ser y de lo que quiero llegar a ser. Tú terminas tu jornada de trabajo con una alegre sonrisa y no tienes más preocupaciones que encontrar un pedazo de carne en el plato y un lugar donde recostar tus huesos hasta el día siguiente, y así hasta el resto de tu vida. Lo que a veces daría por haber nacido plebeyo, sin aspiraciones ni sueños. Noches y noches en vela cargan mis espaldas con el objetivo de restaurar el nombre de mi familia al lugar en el que debería estar.

Todavía no sé cómo lo haré, pero si una cosa tengo clara es que viviendo de estas pequeñas tierras como lleva haciendo mi familia desde hace ya varias generaciones, nada cambiará.


Tres días más tarde, una lóbrega y lluviosa mañana me despedía de mi padre y mi madre. Me miraban con ojos que dejaban entrever la incomprensión de mis actos junto con un pequeño brillo en el fondo de ellos, cargado de inciertas esperanzas. Mi hermana mayor, siempre tan afectuosa se despidió de mí con un beso en cada mejilla y revolví el pelo de los dos pequeños mientras me miraban ojipláticos con mi recién bruñida coraza y el arma de la familia en mi cinturón. Les hubiera encantado enfundarse sendas armaduras y cabalgar a mi lado pero aún apenas si llegaban a los estribos de un caballo y ni con ambas manos podían todavía blandir una espada más de tres veces sin tener que pararse a recobrar el aliento.


Traeré de vuelta la gloria que las centurias han arrebatado a los nuestros. O eso fue lo que prometí cuando partí andando con el petate a la espalda en dirección a la capital con la intención de abrirme un hueco en la sociedad y escalar peldaño tras peldaño en una escalera siempre mojada y traicionera.


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Vitaly Juro

La Forja del Corazón fcodanielrubio