Dask Nidel

Joven escurridizo

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Era una noche fría, le rugía el estomago. Habían pasado más de veinticuatro horas desde aquel trozo de pan negro y los restos de pollo horneado mendigados en las cocinas de una posada de la ciudad. No terminaba de acostumbrarse a tener que pedir, pero la caza en invierno se tornaba complicada. Cada vez era más difícil hacerse con algún pichón que llevarse a la boca, sobre todo porque la caza cerca de las ciudades estaba muy controlada, y más con la llegada del frío. Detestaba tener que esconderse para tomar de la naturaleza algo que no pertenecía a nadie. Era absurdo!, centenares de personas pasando hambre, mientras que hectáreas y más hectáreas de tierra fértil quedaban en desuso para engordar la vanidad de los nobles. Eran tiempos difíciles y las leyes estaban hechas para unos pocos.

A veces se adentraba en los bosques para conseguir algo fresco que llevarse a la boca, pero a parte de ser una aventura peligrosa para un chaval de doce años, no estaba muy familiarizado con ese tipo de vida. Tenía cualidades para la caza, de eso no había duda, pero era un chico de ciudad. Estaba acostumbrado a tratar con gente, no a perseguir liebres entre matorrales.
Desde muy pequeño había aprendido a exprimir al máximo los recursos que le ofrecían las ciudades y los pueblos, y a pesar de sus habilidades, la naturaleza, impasible ante sus artimañas, se resistía a proporcionarle una vida cómoda como la que había disfrutado de ciudad en ciudad junto a su padre…

– Papá… – No había día que no se acordara de él. – Ojala estuvieras aquí… – Con el amargo recuerdo de aquel día y la mirada vacía de su padre ser quedó dormido.

Por la mañana unos gritos le despertaron temprano. Eran Leo y Ramsy, le estaban buscando.

– Dask!, Dask!, Sal de tu maldito agujero! Bernie quiere verte – Vociferaba Leo, mientras miraba hacia arriba buscando a su amigo.
– Donde se ha metido…?, me dijo que dormiría entre las vigas del establo de Jonh el Sordo.
– Es posible que haya vuelto al bosque, Ramsy, vamos…
– Ey, estoy aquí… – Susurró saliendo detrás de la sombra de una columna de madera.
– Ag! Maldita sea, Dask! Te he dicho mil veces que no hagas eso…!
– Jajaja! Eres un cagueta, Leo. Te ha vuelto a cazar como un pichón – Reía abiertamente el pequeño Ramsy.
– Si, vamos, hoy es el gran día… – Los tres salieron del establo del viejo Jonh por uno de los ventanucos del tejado, como habitualmente hacían.

Leo y Ramsy eran los únicos amigos que tenía. Leo, el mayor, tenía once años. Su hermano Ramsy a penas nueve. Ambos rubios y pecosos como caballos Narienses. Los tres sobrevivían juntos en esta ciudad desde hace poco más de un año, desde que Dask salvó de una muerte segura al pequeño Ramsy, curando y cosiendo el horrible mordisco que le había propinado el sabueso de Marld “tres pulgares”.

Había llegado el día que tanto esperaba. Ya era lo suficientemente mayor para entrar a formar parte de la banda de Bernie. Hasta ahora se había limitado a sobrevivir sin molestar demasiado a los chicos del distrito. Pasando lo máximo posible desapercibido, para evitarse problemas. No sería el primer chico que recibe una paliza por estar en el sitio equivocado. Incluso alguno había aparecido en el río últimamente.

Llevaba de aquí para allá buscándose la vida al menos 3 años. No recordaba la fecha exacta de aquel terrible suceso. Su padre y él habían estado huyendo durante días de la cacería humana y cuando desgraciadamente se quedó solo erró durante semanas hasta ser consciente de lo complicado de su situación y tomar el control. Así que no recordaba con exactitud la fecha. Solo sabía que ocurrió hace ya tres fríos y duros inviernos.

Las cosas les iban muy bien desde que hubieran superado la muerte de su querida madre. Anaís… que dulce y bella la recordaba. Conforme pasaban los años su recuerdo se hacía más difuso, pero jamás olvidaría su nombre y la canción que le cantaba todas las noches, “El ruiseñor y el lobo triste”. A veces se la tatareaba a sí mismo para dormirse. Por desgracia, la enfermedad negra se la había llevado repentinamente, casi sin tiempo para despedirse, y jamás volvería a escuchar su melodiosa voz.

Durante un tiempo estuvieron sumidos en una profunda tristeza, llegó a pensar que su padre no sobreviviría a la muerte de su amada esposa. Pero Lyrek Nidel era un hombre especial. Haría el papel de madre, y lo haría muy bien, si el destino así lo había querido. El Dr. Nidel, como solían llamarle los vecinos de Restonnpick, su pueblo natal, era un hombre carismático, dedicado de pleno a su trabajo. Era el curandero del pueblo, aunque también solía hacer viajes para atender a campesinos de las granjas colindantes e incluso otros pueblos de alrededor. Tenía don de gentes, no cabía duda, era incluso capaz de camelarse a los cobradores de impuestos del noble local para que retrasaran unas semanas los pagos. Pero al final, tanto sangrado era inviable para el negocio. Lyrek solía cobrar lo justo para cubrir los gastos y vivir modestamente y a veces nada si el paciente vivía de forma muy precaria. Intentaba sacar las monedas necesarias para pagar los impuestos de los propios nobles, que a veces tenía que tratar. Sus habilidades eran reconocidas y muchos nobles requerían de sus servicios. Pero como se suele decir Restonnpick… “Los manos limpias pagan con el aire que respiramos”…

La situación se torno insostenible al poco tiempo. Su padre se negaba a cobrar más dinero del que pudieran permitirse sus vecinos, y sin la ayuda económica que sacaban de la pastelería de su difunta madre, era cuestión de tiempo que tuvieran que empezar a vender sus posesiones. Así que un día de primavera, el padre de Dask vendió la casa donde vivían y con el dinero compró un par de buenos caballos, una gran caravana y material suficiente para ejercer su profesión durante una buena temporada.

Lo que empezó siendo un productivo negocio ambulante de curandero, terminó siendo el motivo por el que Dask se encontraba ahora corriendo a ver a Bernie, descalzo, hambriento y sucio como un lechón.

Llegaron a la casa donde solía juntarse la banda de Bernie. Eran más de veinte en toda la ciudad, normalmente chicos entre doce y dieciséis años. Aunque también había alguno más mayor e incluso alguna chica, pero no era habitual. En la entrada había un chico enjuto, de pelo negro. Parecía estar vigilando, apoyado en el marco.

– Vengo a ver a Bernie. – Dijo exhausto por la galopada.
– Pasa… – Mientras miraba de reojo al callejón. Los tres hicieron ademán de pasar por el dintel cuando la mano de “Araña”, o así se hacía llamar, corto el paso a los más pequeños.
– He dicho “pasa”. Vosotros largo de aquí antes de que me enfade…

Dask entró a la casa abandonada, tras mirar como sus dos amigos se alejaban rápidamente, mientras sonreían y hacían gestos de ánimo con sus pequeñas manos. La habitación estaba vacía y a oscuras. Las ventanas estaban tapiadas con listones de madera vieja y a penas entraban unos pequeños halos de luz. Al fondo se adivinaban unas estrechas escaleras que bajaban, gracias a una luz tenue que provenía de lo que parecía un sótano.

Solo tenía que bajar esas escaleras y su situación cambiaría bastante. Tendría algo para comer todos los días, dormiría en sitios más seguros sin tener que dejar un ojo abierto e incluso hasta es posible que dejase de ir descalzo. Pero paró en seco ante el primer peldaño. Era un chico listo. Sabía como funcionaban las cosas. Nadie ayuda a nadie a cambio de nada. Todo lo que sus padres le habían inculcado durante estos años ahora le parecían un espejismo. En la ciudad la gente no era como su padre. En estos tres años había aprendido otra lección muy importante… “Nadie de plata por cobre”.
Aquí, si alguien hacía algo por ti, era para sacar beneficio.

Sabía que tenía que adaptarse o seguramente moriría en algún callejón un invierno de estos, pero lo poco que le quedaba de ellos eran sus valores, además de una pequeña aguja de azabache que guardó en una cajita cuando su madre murió. Era lo único que no había vendido para comer y moriría de hambre si era preciso antes de hacerlo. Era consciente de que le pedirían hacer cosas que sus padres no aprobarían. Espiar, robar, extorsionar e incluso llegado el momento… matar. Una vez dentro, no había vuelta atrás. Si luego se negaba a hacer algo, seguramente el castigo sería definitivo…

Tenía que haber otra forma de salir adelante para poder llevar a cabo su venganza y seguir con el trabajo de su padre. No podía traicionar la confianza de sus padres, sabía que le observaban y velaban por él. Qué pensarían si un día tenía que robar o matar a un pobre granjero por un ajuste de cuentas? No… él no era así…

Giró sobre sus tacones para dirigirse a la puerta, pero un fuerte crujido en la madera que aguantaba su peso le dejo petrificado. Oyó un murmullo en el sótano y un escalofrío recorrió su espalda…

– Dask…?? Eres tu? Mira a ver Qubert. Traedme al chico…

Dask Nidel

La Forja del Corazón Sandrino